Discussion:
Un cuento de Gustavo Masso
(demasiado antiguo para responder)
Bubi
2007-05-24 15:33:15 UTC
He leído con mucho agrado la historia que gsmiga nos ha puesto sobre sus
inicios como boxeador amateur.

Esa historia me ha recordado un cuento de Gustavo Masso, excelente escritor
de la contracultura mexicana, sobre un boxeador. Forma parte del libro El
Albañilito Rodríguez y lo he copiado directamente de la página web del
escritor. Cuando lo leí, hace unas semanas, me pareció una obra maestra del
nuevo enfoque narrador que empieza a sobresalir en algunos países
latinoamericanos. Hilarante.

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EL ALBAÑILITO RODRÍGUEZ
Gustavo Masso

Artista invitado:
El Macuarro

Guirnaldas, serpentinas y confeti.
El campeón ha vuelto al barrio después de defender su corona en Los Ángeles
ante un gringo valeverga que no le duró ni tres raunds. Los vecinos se
organizaron para barrer toda la cuadra desde muy tempranito y sus cuates de
la vecindad, que son los que lo conocen desde que era chico, limpiaron y
regaron el patio, para que no se levante la tierra, pusieron farolitos de
papel, desos que llevan un foco adentro, en las puertas de todas las
viviendas, colgaron globos, arreglaron a la virgencita que está en el zaguán
(le cambiaron las flores viejas y le pusieron veladoras y tiritas de papel
de china tricolores), y en la mera entrada de la vecindad colgaron una manta
que dice: "Bienbenido a Casa Campeon"

Mustang convertible, lentes oscuros, traje sport.
El fino estilista tepiteño, El Albañilito Rodríguez, terror de los
minimoscas y héroe del Fórum, desciende del auto y recibe el homenaje:
aplausos, besos y flores, de sus ex vecinos.

Carnitas, chicharrón y pulque.
La coperacha había sido rigurosa y nadie se hizo del rogar. El que más y el
que menos aflojaron de perdida sus cincuenta pesitos para recibir dignamente
a su invencible representante ante los foros mundiales. En un rincón del
patio, un chavito fue comisionado para espantar las moscas que intentaban
posarse sobre las mesas llenas de suculentos platillos. Los vecinos aplauden
entusiasmados cuando el campeón inicia el banquete masticando sabrosamente
un buen pedazo de chicharrón. Nomás tus chicharrones truenan Juanito, le
grita Simón el zapatero del dos, mientras se limpia discretamente una
lágrima al recordar con ternura cómo nalgueaba, sin que sus padres se
enteraran, al ahora orgullo del barrio cuando éste apenas era un escuincle
latoso que al menor pretexto se peleaba con los chamacos más chicos.

Arroz, mole poblano y frijoles refritos.
La comadre Chentita distribuye generosamente los platos colmados, cómanle
mijitos ora que hay modo, al mismo tiempo que recibe con gran modestia los
elogios generales por sus sabrosos guisos.

Agua de horchata, de jamaica y también, ¿por qué no?, coca cola,para
hacernos unas cubitas, ¿verdad compadre?, porque claro que también hay ron,
mezcalito y brandy, ¡Presidente, que derroche! Usté chúpele compadrito,
después discute, y además tequila, limón y sal, ¡salud!

Guitarras, coros y emoción.
El bravo peleador no se hace del rogar y demuestra que con su voz también
las gasta, al entonar de su ronco pecho sentidas canciones que hablan por sí
solas de la esencia de su pueblo, como diría un conocido comentarista. Bien
plantado, con las piernas abiertas como retando a medio mundo cual gallito
de pelea, abrazado de José Apolinar Sánchez, mejorconocido como el Macuarro,
su querido amigo de la infancia, y sosteniendo con la mano en alto su sexta
o séptima cuba libre, qué caray.

Tocadiscos, alegría y salsa.
Tan pronto como anochece se retiran mesas y sillas y se abre un buen espacio
para que todos puedan demostrar sus dotes de danzantes. Al impulso de esa
música tropical y bullanguera, la pequeña pista se llena de entusiastas
bailarines entre los que destaca, como ya es de suponer, el invicto
boxeador. Al terminar cada pieza, las muchachas lo rodean de inmediato, el
precio de la fama, y él se ve forzado a elegir a alguna. Ya ha bailado con
la guapa Carmela, la del catorce, con las gemelas Godínez y hasta con la
gordita y frondosa Conchita que parece que trajera un niño entre sus brazos
cuando estrecha al pequeño gladiador. Pero ahora él ha puesto los ojos en
una muchacha muy especial: Gisela, la flaquita del dieciocho, que en toda la
noche no se ha despegado del Macuarro.

Con la agilidad de piernas que ha causado la admiración de propios y
extraños, escapa graciosamente de las chicas que lo asedian, y dirigiéndose
al rincón donde la parejita se hace arrumacos y ojitos, solicita amablemente
a su amigo que, como cuates, le ceda a su acompañante durante la próxima
pieza. Cómo no, manito, faltaba más.

Música, ritmo y alcohol.
¿Qué le pasa al campeón? Tal vez las copas ya le estén haciendo efecto
después de tantos obligados brindis con cuates, parientes y vecinos (el gran
deportista no fuma, como es de todos sabido, por aquello del aire en los
combates largos). Mírenlo nomás. Abraza a la flaquita con demasiado ardor y
se agarra a ella como si no pudiera sostenerse solo.

El Macuarro los mira, prendiendo cigarro tras cigarro, desde la oscuridad de
su rincón: pero como pasan cumbias, salsas y danzones y su novia no le es
devuelta, decide ir en su rescate.

Gritos, aventones y mentadas.
El destacado deportista ha abusado demasiado, qué gandalla, ¿no?, y el joven
pandillero así se lo dice, ¡ya, pos qué delicado! La opinión está dividida,
pero en medio de los empujones y alegatas de uno y otro bando, se impone la
cordura de don Simón el zapatero: que se echen
un tiro.

Una bola de madrazos lo decide todo. El fin de fiesta será memorable y la
gente se anima ante la perspectiva de una exhibición de su ídolo, al fin y
al cabo de eso es de lo que se trata. ¡Vengan a ver cómo el campeón le parte
la madre al vago del catorce! Mientras tanto Gisela, la flaquita, desempeña
su papel a la perfección, y parada frente a los contendientes, tomándose las
manos, nerviosa, pequeña y modosita, promete con la mirada que será para el
triunfador.

Amagues, fintas y bailoteo.
En el improvisado ring, donde los excitados vecinos delimitan el
cuadrilátero, los ex amigos se preparan para la lucha. Veánlos ustedes. El
campeón se pone en guardia en el clásico estilo que lo ha hecho famoso, esa
guardia impenetrable que ha probado su invulnerabilidad ante los mejores
exponentes del boxeo mundial, en la que la izquierda aguarda amartillada
para asestar el golpe demoledor que le ha dado tantos éxitos. En cambio su
furris adversario se limita a bailotear levantando mucho polvo con sus
gruesos zapatones de suela de tractor y rehuyendo una pelea frontal. ¿Quién
le dijo que se podía pelear con los brazos colgando a lo largo del cuerpo,
dejando al descubierto las partes vulnerables y mentándole la madre a su
oponente de esa manera? El as de los enlonados se dispone a darle una
lección de lo que es el boxeo llevado hasta sus más altas posibilidades.

Pero cuando el campeón considera que ha estudiado lo suficiente a su
adversario y se lanza en pos de una victoria segura, un perro, probablemente
excitado por la gritería, se mete al cuadrilátero interponiéndose entre los
rijosos decidido a ser el réferi del combate. Salta y mueve la cola delante
del Macuarro, juguetón el perrito de la portera, ¿verdad?, pero le ladra
furioso, desconociéndolo, ¡sáquese pinche perro!, al famoso boxeador, que
tiene que tirarle dos o tres patadas, entre las carcajadas de los vecinos,
para que lo deje en paz.

Bulla, relajo y desmadre.
Así no se puede, dice el desconcertado peleador, ya ni la chingan. Este no
es un pleito serio, porque cuando él se detiene un momento para tomar aire,
buscando el refugio de las cuerdas en su rincón neutral, son las manos de
los vecinos las que lo empujan riendo festivamente, los muy ignorantes, para
que vuelva al ataque. No hay campana que marque el final del raund ni lo
esperan los eficientes séconds para refrescarlo en algún cómodo banquillo.
Los potentes reflectores ora sí que brillan por su ausencia, suplidos por
estos absurdos farolitos, y además los pies no se apoyan como debieran en
esta tierra suelta, y los zapatos, de piel de potrillo canadiense, regalo de
una admiradora, se resbalan allí donde la tierra se hizo lodo por el vómito
de un borracho. Definitivamente, así no se puede.

El maestrito de los barrios voltea hacia los espectadores para reprocharles
su actitud y exigir el final de la pelea, ai que muera, ¿no? Cómo va a poder
seguir si cada vez que avanza hacia su rival éste tira patadas, lo escupe y
hasta se quita el cinturón, con esa hebillota que tiene, para mantenerlo a
raya. Mejor que siga la fiesta.

Ni madres. Imprudencia, descontón y fin de fiesta. El Macuarro ha encontrado
su oportunidad. Con total determinación se lanza sobre el descuidado
peleador. Cabezazo, patada en los güevos y suelo.

El campeón está tirado y el Macuarro, con la generosidad del triunfador, se
abstiene de seguirlo pateando. Pasa un brazo posesivo sobre los hombros de
su novia y se retira con ella hacia el fondo del patio. Ah, qué buena onda.

Los vecinos se dispersan comentando el resultado de la pelea, las mamás
llaman a sus chamacos y los meten a empujones en sus casas, don Simón el
zapatero invita a sus cuates a seguir la borrachera y se van en busca de sus
botellas, la comadre Chentita recoge sus cazuelas y algunos farolitos
empiezan a apagarse mientras las voces de los borrachos que van cantando se
pierden a lo lejos.

El Albañilito Rodríguez, el fino estilista tepiteño, se levanta del suelo
con los ojos vidriosos y sale a tientas del oscuro patio. A su coche le han
robado los tapones y el radio, pero llega a tiempo de espantar a un perro
que se está meando en una llanta. Antes de arrancar, le echa una última
mirada al letrero que está colgado en el zagúan. A ver cuándo me vuelven a
invitar.
Sapristi
2007-05-24 17:59:35 UTC
Post by Bubi
He leído con mucho agrado la historia que gsmiga nos ha puesto sobre sus
inicios como boxeador amateur.
Esa historia me ha recordado un cuento de Gustavo Masso, excelente
escritor de la contracultura mexicana, sobre un boxeador. Forma parte del
libro El
¿Pero es que nadie le habló al sr. Masso del "Amadís"? Huuuy, si llega a
presentarse con este cuento lo gana de calle, Bubi :-))))) En serio,
magnífico; vaya ritmo en la escritura y vaya flashes, justamente escrito
como un combate.
Reconozco que dos mundos de los que no me gustan -el boxeo y los toros- son
inagotables y atractivos para la lite como fuente de perdedores y
vencidos... Del primero, y a mi parecer, es cuento escencial en España aquel
"Young Sánchez" que escribió Ignacio Aldecoa.
Saludos
:-)
Bubi
2007-05-24 18:10:53 UTC
Post by Sapristi
¿Pero es que nadie le habló al sr. Masso del "Amadís"? Huuuy, si llega a
presentarse con este cuento lo gana de calle, Bubi :-))))) En serio,
magnífico; vaya ritmo en la escritura y vaya flashes, justamente escrito
como un combate.
Reconozco que dos mundos de los que no me gustan -el boxeo y los toros-
son inagotables y atractivos para la lite como fuente de perdedores y
vencidos... Del primero, y a mi parecer, es cuento escencial en España
aquel "Young Sánchez" que escribió Ignacio Aldecoa.
Saludos
:-)
No comments. Como secretario no puedo decir si alguien se ha presentado o
no. Son las reglas del juego. Tienes las obras para juzgar.

Te pongo otro, un poco más corto, del mismo autor.
Se titula "Sin querer queriendo" y, a mi jucio, también es de lo mejorcito.
Además, los mexicanismos le dan un cierto aire muy propio de su estilo.
-------------------

... es necesario ligar a esta lucha
con determinados intereses de
la vida cotidiana...
V.I. Lenin.

a) diversión
-Buenas. ¿Esta Pedro?
No, está sobrio, me autovacilo mentalmente.
-Sí, que pases y lo esperes.
Entro en la salita y me siento en un sillón que tiene los resortes
de fuera. Cuídanos Virgencita dice el cuadro sobre la repisa con una
veladora grandota que echa mucho humo. En la mesa encuentro un Memín y me
pongo a leerlo. Me cae en gracia el pinche negrito con sus tenis agujerados,
aunque a veces es bien mamón.
Cuando estoy más entrado con el cuento, llega Pedro y me da un
manotazo en la espalda.
-Ya estuvo mano. Te lo conseguí.
-Qué suave (parece que el cabrón está más entusiasmado que yo). Y
cuándo empiezo.
-Pues mañana mismo. Pero ya sabes que hay que llegar tempranito,
porque pasando las siete no se vale checar...
-Qué gacho (no voy a poder desvelarme en las pachangas).
-...Y tienes que irte a la peluquería, porque ahí no te dejan andar
con greña...
-Ya, pos qué ojetes (cómo friegan con lo del pelo).
-...Ya ves cómo son esos pinches gringos, pero lo bueno es que te
dan uniforme dos veces al año y Seguro Social.
Se ve que tiene ganas de animarme...
-...Y hasta están haciendo un campito de futbol.
... pero como nota mi cara seria mejor se calla.
Entonces me levanto y le doy las gracias.
-Ni modo mano, desde mañana a joderse -me dice cuando me despido-. Y
no se te olvide ir a pelarte -me grita todavía desde la puerta.

b) conversión:
Me voy tratando de recordar aquella onda de la libertad que nos
enseñaban en la escuela, pero de todos modos al pasar frente a la peluquería
me busco en los bolsillos y saco mis diez últimos pesos, un billete mugroso
y arrugado, y entro diciéndoles adiós a las cervecitas de esta noche.
Mientras caen los primeros mechones, pienso en cómo castran a los
toros en los ranchos. Aunque cuando el peluquero dice: servido joven y me
pone un espejo enfrente, no aguanto la risa: qué pinches orejotas tengo.
Al salir de allí ya es de noche. Quisiera ir con los cuates de la
cuadra, pero pensando en la levantada de mañana, mejor me voy a mi casa. Al
fin que ya ni traigo dinero.
Paso junto a la barda pintada con tres colores que dice: la
permanencia de las instituciones alienta la confianza en el gobierno; y
después de voltear a todos lados a ver si no viene alguien, me meo. Ya me
andaba. Sintiéndome aliviado, camino con confianza por las calles oscuras:
ya estoy en mi territorio. Aunque hay muchos grupitos de chavos en las
esquinas, chupando o tronándoselas, todos me conocen y no se meten conmigo.
Ya saben que yo también soy de la broza.
Cerca de mi casa encuentro a Susi. De seguro va al pan. Cuando pasa
a mi lado, se burla: ¿qué, te agarró la julia?, y sigue sin detenerse
meneando mucho las nalgas. No se me ocurre contestarle nada, nomás me paso
la mano por el cabello y me quedo sonriendo como idiota mientras la miro
alejarse. Qué buena se está poniendo.
Entro en mi casa y mi mamá se asombra de verme ahí tan temprano. Le
da gusto que me haya cortado el pelo, pero se alegra todavía más cuando le
cuento del trabajo. Le digo que tengo hambre y se mete a la cocina y hasta
me prepara los frijoles chinitos que tanto me gustan. No, si esto de
volverse un hombre serio tiene sus ventajas.

c) aversión
Lo más cabrón es levantarme. Parece que me acabo de acostar cuanto
ya está mi jefa despertándome porque se me hace tarde. Y aunque son más de
las seis, todavía ni amanece.
Dejo, sin ganas, la cama calientita y me voy sin desayunar. A esta
hora qué hambre voy a tener. Y luego en la calle qué frío hace, y los
camiones tan llenos que van. Nunca me hubiera imaginado que anduviera tanta
gente en la calle tan temprano. Todos estos años viví en la gloria sin darme
cuenta, en la pura güeva.
Por eso llego a la fábrica bien encaputado nomás de pensar en todo
lo que acabo de perder. Y yo creo que se me nota, porque cuando Pedro me ve,
también se pone serio y no empieza con sus bromas. Me lleva con uno al que
le dicen el sobrestante y se va luego a su trabajo. A mí me mandan que al
Departamento de Embarques y me dan instrucciones: tengo que ponerles un
sello a las cajas que van saliendo por una banda y luego ayudar a cargarlas
en los camiones que esperan.
Como al principio me lo tomo con calma y las cajas comienzan a
amontonárseme, el dichoso sobrestante no deja de estar fregando, que apúrese
joven, que qué pasó con ese camión de la puerta tres, y los compañeros de la
cuadrilla empiezan a impacientarse. Así que me tengo que fletar más duro con
la cargadera, y total que para la hora de la comida no puedo ni enderezar el
lomo.
Suena el silbato y salimos en bola porque nomás nos dan media hora
para comer. Casi todos van y se meten en las fonditas que hay alrededor de
la fábrica, pero yo no traigo ni un quinto y el méndigo de Pedro no se
aparece a invitarme. Lo bueno es que a mi jefecita se le ocurrió echarme mi
lonche: una torta con los frijoles de anoche y un plátano.
Mientras como, sentado en la banqueta y sintiendo el dolor en la
cintura, me doy cuenta de que no voy a poder aguantar en esta chamba. Nomás
de pensar en que tengo que hacer este trabajo ocho horas diarias hasta se me
va el hambre. Entonces me decido y preparo un plan: voy a hacer que me
corran.

d) Subversión
Cuando entramos me hago guaje con las cajas más chiquitas y comienzo
a rezongar, tratando de que todos me oigan. Algunos compañeros se acercan y
me reclaman: ora chavo, no te hagas pendejo que nos van a castigar, pero yo:
no, ¡qué pinche trabajo!, que parecemos burros y todo por un mugre sueldo
mínimo, y muchos cuates curiosos se acercan a ver qué pasa y yo me empiezo a
sugestionar y sigo échele y échele: porque todavía si los dueños fueran
mexicanos, pero no, son gringos y hasta se llevan la feria del país, y de
repente ya no estoy actuando y soy sincero y me creo lo que estoy diciendo:
¡que nos están jodiendo!, y parece que los demás también, porque las
máquinas empiezan a pararse y se hace una bolota de gente a mi alrededor. Y
cuando estoy gritando más fuerte y todos apoyan en silencio lo que digo de
los ricachones que le están chupando la sangre al pueblo, llega el
sobrestante y dice que estoy despedido, que pase a la caja a que me
liquiden. Y desde las oficinas, al fondo de la fábrica, alguien bien vestido
me mira a través de las cortinas.
En ese momento vuelvo a la realidad y me bajo de la mesa a la que me
había subido sin darme cuenta. Y apenas empiezo a caminar rumbo a la salida,
cuando se suelta una gritería: ¡que no se vaya, que es un abuso, que no hay
derecho!, y entre ellos está Pedro que no grita, nada más me ve con los ojos
bien abiertos, como si no entendiera nada. En medio del relajo, el
sobrestante sale corriendo asustado hacia la oficina, y por los altavoces se
oye que alguien dice: el señor puede quedarse, por favor vuelvan a su
trabajo.
Todos gritan y aplauden y me dan palmadas en la espalda. Y mientras
me felicitan yo miro el cerro de cajas amontonadas. Qué chinga me pararon.
Sapristi
2007-05-25 08:13:50 UTC
:-DDDD
Le salió el tiro por la culata al recién estrenado agitador de masas; esto
sí que es una instantánea pérdida de la inocencia. Me ha recordado por el
lenguaje y la agilidad al primer Vargas Llosa, aquél tan esplendoroso de
"Los cachorros".
(El título "Sin querer queriendo" es una de las coletillas que utiliza El
Chavo del Ocho, el personaje de la serie de Televisa que ahora se repone en
La 2... "Fue sin querer queriendo... pipipipipipi").
Saludos y gracias, Bubi.
:-)
Post by Bubi
Te pongo otro, un poco más corto, del mismo autor.
Se titula "Sin querer queriendo" y, a mi jucio, también es de lo
mejorcito. Además, los mexicanismos le dan un cierto aire muy propio de su
estilo.