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Cuento de Navidad. TRES MONTAÑISTAS Y LAS PUTAS QUE LOS PARIO!!
(demasiado antiguo para responder)
Alboroto
2018-12-22 15:18:42 UTC
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Éranos un grupo de amigos que solíamos ir a la montaña cada fin de
semana. No siempre nos juntábamos los mismos, unos formaban el nucleo
duro del montañismo y salían con obsesión cada fin de semana a escalar
un pico, y otros sólo nos apuntábmos cuando podíamos y si la montaña que
iban a escalar no estaba muy lejos ni era peligrosa.
En septiembre de aquel año fuimos al "Calvet", pico de poca altura
próximo a La Mola. Llegamos cuando casi anochecía y solo nos dio tiempo
de montar la tienda, cenar un bocadillo y ponernos a dormir. Mientras
nos llegaba el sueño nos dedicamos a bromear en el interior de la
tienda, y a alguien -seguramente a mi- se le ocurrió enfocar la luz de
la linterna a la palma de la mano de uno y yo misma empecé a leer como
había aprendido en un artículo de una revista. Ya no recuerdo lo que
significa cada línea, pero se me quedó grabada la línea de la vida. Con
la perspectiva del tiempo siento como la noche y el lugar hubieran
actuado en mí para utilizarme como un demiurgo y avisar a mis amigos del
peligro que corrían.
Se llamaba Esteban, era un muchacho rubio con ojos azules, de piel muy
blanca, largo como un día sin pan, sonriente y tímido. Siendo tan guapo
me sorprendía no sentir atracción física por él, no me explicaba porqué
sólo me inspiraba simpatía. Era del núclero duro, salía cada semana y en
su mente nunca parecía tener otra cosa que un pico nuevo por escalar. A
su mano grande y huesuda enfoqué la linterna: "Te voy a leer la mano que
he aprendido este verano" Curiosos, todos los demás se callaron en la
tienda. El silencio, la oscuridad. Aquella mano tenía muy marcada la
línea de la vida, muy intensa, pero muy corta, tan corta que parecía que
ya se había pasado. La línea se cortaba con un bache largo y continuaba
más atrás. "Dentro de poco, antes de un año, mucho antes de un año,
tendrás un accidente y para superarlo habrás de luchar duramente para
sobrevivir. Si consigues superar ese accidente, este bache que ves aquí,
vivirás largos años" Me parecía que hablaba como una pitonisa de
pacotilla, pero eso era lo que interpretaba de la lectura de sus manos.
Pedí un voluntario más y otro compañero, cuyo nombre he olvidado con los
años y a quien no conocía mucho, alargó su mano. Y leí exactamente lo
mismo. Sorprendida, pensando que mis interpretaciones fallaban o que
todas las manos eran iguales, pedí otro voluntario. Había rato que en la
tienda solo se oía mi voz, una fina niebla de temor nos envolvía, las
miradas de mis amigos me reuían: "Prefiero que no" Yo quería seguir
para salir de dudas, leí mi propia mano y ví mi línea era más larga.
"Apaga la linterna. Vamos a dormir" dijo alguien. Nada más sucedió
aquella noche. Por la mañana entre bromas por los ronquidos de uno, el
mal olor del otro, nos olvidamos de todo y debimos pasar un buen fin de
semana porque no me acuerdo de nada más.
Todas la verbenas de San Juan y de Fin de Año las organizaba uno de
aquellos amigos, Santi, en el garaje de la casa de sus padres. Él se
ocupaba de todo: cocas, bebidas, vasos, música, confeti; los demás
llevabamos otros amigos de forma que nos juntábamos tantos que no
cabíamos y la mayoría siempre acabábamos charlando en la puerta. Aquel
año habíamos empezado en la Universidad y, estudiosa como era, no había
vuelto a ver a la mayoría desde septiembre. Llegué cuando la fiesta ya
estaba empezada. Había poca gente y después de saludar pregunté qué
pasaba: el nucleo duro de excursionistas se habían ido a casa de Estéban
porque se les esperaba para la verbena y los padres habían llamado
diciendo que aún no había llegado. Esteban, el otro al que había leído
la mano y el hermano de éste, habían decidido ir a Nuria (Pirineos)
aprovechando las vacaciones de Navidad, por hache por be los demás no
les habían acompañado. El día anterior habían bajado mucho las
temperaturas, pero nuestros amigos eran unos buenos montañeros, sabían
como había que actuar, eso decía Pep, el amigo Pep, el mejor montañero,
el que tenía la cara más pálida. Aun no existían los móviles y no se
podía hacer nada más que esperar. Tenían veinte años.
Pep y los demás salieron en su busca el día de año nuevo, aquel mismo
día encontraron a los dos hermanos abrazados dentro de la tienda,
congelados. En Reyes encontraron una bota que supusieron era de Esteban.
Volvieron las clases y hasta finales del mes de enero cuando la nieve
empezaba a derretirse no apareció su cuerpo.

http://groups.google.com/group/alt.usage.spanish/msg/fb3cab20db93fbc7?hl=es&dmode=source
Numantino
2018-12-26 17:52:04 UTC
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Ángela Roca Valladares en la víspera de Navidad. jajaja.
Post by Alboroto
Éranos un grupo de amigos que solíamos ir a la montaña cada fin de
semana. No siempre nos juntábamos los mismos, unos formaban el nucleo
duro del montañismo y salían con obsesión cada fin de semana a escalar
un pico, y otros sólo nos apuntábmos cuando podíamos y si la montaña que
iban a escalar no estaba muy lejos ni era peligrosa.
En septiembre de aquel año fuimos al "Calvet", pico de poca altura
próximo a La Mola. Llegamos cuando casi anochecía y solo nos dio tiempo
de montar la tienda, cenar un bocadillo y ponernos a dormir. Mientras
nos llegaba el sueño nos dedicamos a bromear en el interior de la
tienda, y a alguien -seguramente a mi- se le ocurrió enfocar la luz de
la linterna a la palma de la mano de uno y yo misma empecé a leer como
había aprendido en un artículo de una revista. Ya no recuerdo lo que
significa cada línea, pero se me quedó grabada la línea de la vida. Con
la perspectiva del tiempo siento como la noche y el lugar hubieran
actuado en mí para utilizarme como un demiurgo y avisar a mis amigos del
peligro que corrían.
Se llamaba Esteban, era un muchacho rubio con ojos azules, de piel muy
blanca, largo como un día sin pan, sonriente y tímido. Siendo tan guapo
me sorprendía no sentir atracción física por él, no me explicaba porqué
sólo me inspiraba simpatía. Era del núclero duro, salía cada semana y en
su mente nunca parecía tener otra cosa que un pico nuevo por escalar. A
su mano grande y huesuda enfoqué la linterna: "Te voy a leer la mano que
  he aprendido este verano"  Curiosos, todos los demás se callaron en la
tienda. El silencio, la oscuridad. Aquella mano tenía muy marcada la
línea de la vida, muy intensa, pero muy corta, tan corta que parecía que
ya se había pasado. La línea se cortaba con un bache largo y continuaba
más atrás. "Dentro de poco, antes de un año, mucho antes de un año,
tendrás un accidente y para superarlo habrás de luchar duramente para
sobrevivir. Si consigues superar ese accidente, este bache que ves aquí,
vivirás largos años" Me parecía que hablaba como una pitonisa de
pacotilla, pero eso era lo que interpretaba de la lectura de sus manos.
Pedí un voluntario más y otro compañero, cuyo nombre he olvidado con los
años y a quien no conocía mucho, alargó su mano. Y leí exactamente lo
mismo. Sorprendida, pensando que mis interpretaciones fallaban o que
todas las manos eran iguales, pedí otro voluntario. Había rato que en la
tienda solo se oía mi voz, una fina niebla de temor nos envolvía, las
miradas de mis amigos me reuían: "Prefiero que no"  Yo quería seguir
para salir de dudas, leí mi propia mano y ví mi línea era más larga.
"Apaga la linterna. Vamos a dormir" dijo alguien. Nada más sucedió
aquella noche. Por la mañana entre bromas por los ronquidos de uno, el
mal olor del otro, nos olvidamos de todo y debimos pasar un buen fin de
semana porque no me acuerdo de nada más.
Todas la verbenas de San Juan y de Fin de Año las organizaba uno de
aquellos amigos, Santi, en el garaje de la casa de sus padres. Él se
ocupaba de todo: cocas, bebidas, vasos, música, confeti; los demás
llevabamos otros amigos de forma que nos juntábamos tantos que no
cabíamos y la mayoría siempre acabábamos charlando en la puerta.  Aquel
año habíamos empezado en la Universidad y, estudiosa como era, no había
vuelto a ver a la mayoría desde septiembre. Llegué cuando la fiesta ya
estaba empezada. Había poca gente y después de saludar pregunté qué
pasaba: el nucleo duro de excursionistas se habían ido a casa de Estéban
porque se les esperaba para la verbena y los padres habían llamado
diciendo que aún no había llegado. Esteban, el otro al que había leído
la mano y el hermano de éste, habían decidido ir a Nuria (Pirineos)
aprovechando las vacaciones de Navidad, por hache por be los demás no
les habían acompañado. El día anterior habían bajado mucho las
temperaturas, pero nuestros amigos eran unos buenos montañeros, sabían
como había que actuar, eso decía Pep, el amigo Pep, el mejor montañero,
el que tenía la cara más pálida. Aun no existían los móviles y no se
podía hacer nada más que esperar. Tenían veinte años.
Pep y los demás salieron en su busca el día de año nuevo, aquel mismo
día encontraron a los dos hermanos abrazados dentro de la tienda,
congelados. En Reyes encontraron una bota que supusieron era de Esteban.
Volvieron las clases y hasta finales del mes de enero cuando la nieve
empezaba a derretirse no apareció su cuerpo.
http://groups.google.com/group/alt.usage.spanish/msg/fb3cab20db93fbc7?hl=es&dmode=source
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