Discussion:
El desfiladero de Navidad
(demasiado antiguo para responder)
Alboroto
2018-12-22 15:24:40 UTC
Permalink
https://www.elmundo.es/opinion/2018/12/22/5c1d3ab221efa0f50f8b472c.html

ASUNTOS INTERNOSOPINIÓN

LUCÍA MÉNDEZ
Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Enviar por email
22 DIC. 2018 01:50

JAVI MARTÍNEZ
16 comentariosVer comentarios

Allí estaba la pequeña escoba, el adorno navideño colgado en la puerta
de la habitación de la planta de Cuidados Paliativos del Hospital San
Rafael. Fue un shock darme cuenta de que la Navidad también había
llegado hasta el lugar donde la vida limitaba con la muerte. ¿Navidad?
¿Aquí? ¿Qué motivos podía haber para adornar con escobitas, espumillones
y luces de colores aquel santuario de dolor infinito en el que pasaban
sus últimos días los enfermos terminales? Me lo aclararon las
enfermeras, los médicos y el cura. Mientras haya un minuto de vida, hay
que vivirla y celebrarla. Carpe Diem. Mi madre murió el 23 de diciembre,
con la escobita aún colgada en la puerta de su habitación. La enterramos
en la mañana de Nochebuena. Demasiado pronto para la esperanza de vida
en España. Hacía un frío de perros en el pueblo. Esto lo supe después,
ya que el sufrimiento encoge y anestesia los sentidos de la
temperatura.Desde entonces, hace ya 21 años, estoy peleada con la
Navidad. Una pelea a brazo partido, en la que casi siempre gana ella. No
hay forma humana de salirse del perímetro navideño en el que se nos
encierra un mes. Saqué el abono anual de "cuánto daría por acostarme el
22 y no despertar hasta el 7 de enero". Mucha gente se abona a este
absurdo deseo. Lo escucho delante de los mostradores desbordantes de
mariscos, patas de cordero y cochinillos. Sólo con mirarlos, ya sientes
el estómago lleno.Despotricar de tanta fiesta es como un escudo
protector para cruzar el ancho y largo desfiladero navideño. Cada uno lo
atraviesa como puede. Cargado con su mochila de pérdidas y mutilaciones,
que -inevitablemente- acaban sentándose también a comer en la mesa. Ésta
es una época criminal para las personas dañadas emocionalmente,
enfermas, o, simplemente, solas. Donde hay niños, allí está la auténtica
celebración. Con el tiempo, incluso yo he firmado un armisticio con la
Navidad. En ausencia de familia extensa -envidia de los que se reúnen
20, 30 o 40 a la mesa-, me voy de viaje con los míos para huir de la
Nochebuena. Hay muchas formas de evitar los cabezazos contra el
sufrimiento. Cada uno está en disposición de encontrar el suyo. Yo
disfruto viendo Cuento de Navidad, Love Actually o El Grinch. Y en esta
campaña navideña, he encontrado otra distracción. Contar las clases de
turrón. Es alucinante. Turrón de pipas de calabaza, de chocolate con
churros, de alga, de vino, de arroz con leche... ¿Qué diría mi madre,
que sólo podía comprar turrón del blando o del duro?
Numantino
2018-12-26 17:53:26 UTC
Permalink
Ángela Roca Valladares en la víspera de Navidad. jajaja.
Post by Alboroto
https://www.elmundo.es/opinion/2018/12/22/5c1d3ab221efa0f50f8b472c.html
ASUNTOS INTERNOSOPINIÓN
LUCÍA MÉNDEZ
Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Enviar por email
22 DIC. 2018 01:50
JAVI MARTÍNEZ
16 comentariosVer comentarios
Allí estaba la pequeña escoba, el adorno navideño colgado en la puerta
de la habitación de la planta de Cuidados Paliativos del Hospital San
Rafael. Fue un shock darme cuenta de que la Navidad también había
llegado hasta el lugar donde la vida limitaba con la muerte. ¿Navidad?
¿Aquí? ¿Qué motivos podía haber para adornar con escobitas, espumillones
y luces de colores aquel santuario de dolor infinito en el que pasaban
sus últimos días los enfermos terminales? Me lo aclararon las
enfermeras, los médicos y el cura. Mientras haya un minuto de vida, hay
que vivirla y celebrarla. Carpe Diem. Mi madre murió el 23 de diciembre,
con la escobita aún colgada en la puerta de su habitación. La enterramos
en la mañana de Nochebuena. Demasiado pronto para la esperanza de vida
en España. Hacía un frío de perros en el pueblo. Esto lo supe después,
ya que el sufrimiento encoge y anestesia los sentidos de la
temperatura.Desde entonces, hace ya 21 años, estoy peleada con la
Navidad. Una pelea a brazo partido, en la que casi siempre gana ella. No
hay forma humana de salirse del perímetro navideño en el que se nos
encierra un mes. Saqué el abono anual de "cuánto daría por acostarme el
22 y no despertar hasta el 7 de enero". Mucha gente se abona a este
absurdo deseo. Lo escucho delante de los mostradores desbordantes de
mariscos, patas de cordero y cochinillos. Sólo con mirarlos, ya sientes
el estómago lleno.Despotricar de tanta fiesta es como un escudo
protector para cruzar el ancho y largo desfiladero navideño. Cada uno lo
atraviesa como puede. Cargado con su mochila de pérdidas y mutilaciones,
que -inevitablemente- acaban sentándose también a comer en la mesa. Ésta
es una época criminal para las personas dañadas emocionalmente,
enfermas, o, simplemente, solas. Donde hay niños, allí está la auténtica
celebración. Con el tiempo, incluso yo he firmado un armisticio con la
Navidad. En ausencia de familia extensa -envidia de los que se reúnen
20, 30 o 40 a la mesa-, me voy de viaje con los míos para huir de la
Nochebuena. Hay muchas formas de evitar los cabezazos contra el
sufrimiento. Cada uno está en disposición de encontrar el suyo. Yo
disfruto viendo Cuento de Navidad, Love Actually o El Grinch. Y en esta
campaña navideña, he encontrado otra distracción. Contar las clases de
turrón. Es alucinante. Turrón de pipas de calabaza, de chocolate con
churros, de alga, de vino, de arroz con leche... ¿Qué diría mi madre,
que sólo podía comprar turrón del blando o del duro?
Loading...